El libro que el lector tiene en sus manos responde a la indignación del autor ante el pésimo funcionamiento de la institución escolar. A pesar de que todos los niños y niñas pasan un mínimo de diez años en la escuela los resultados de esta permanencia, no en términos de calificaciones o de promoción, sino de aprendizaje efectivo, de amor a la lectura y la reflexión, de capacidad lingüística, de comprensión matemática de la realidad, es más bien lamentable. )Qué hay en la experiencia escolar que conduzca a tantos jóvenes al rechazo del disfrute de la cultura? Uno de nuestros más brillantes académicos de la española contraponía la educación con la cultura. Mientras que la primera estaba repleta de contenidos más bien cadavéricos, la segunda es dinámica y en permanente conexión con la vida. Lo grave es que la educación parece vivir de espaldas a la cultura. De la permanencia en la educación obligatoria debería transmitirse a los jóvenes eso sobre lo que tanto insiste la propia ley que conforma la reforma educativa: el aprendizaje para toda la vida, el aprender a aprender. Es decir, el paso por la escuela ha de ser tan gratificante que induzca a las personas a ser conscientes de que siempre estamos aprendiendo, que aprender es placentero, que hay que asumir nuevos retos intelectuales sin pereza. Por desgracia nuestra escuela más bien consigue lo contrario: un inútil aprendizaje de los nombres de autores y de sus obras que rara vez conduce a la lectura autónoma, una sorprendente incapacidad para aplicar los conocimientos aprendidos en situaciones cotidianas, en definitiva, una triste sensación de haber acudido a la escuela a perder el tiempo y a acumular, e n el mejor de los casos, una credencial tras otra.
La escuela parece funcionar al contrario de como se hace en cualquier otro escenario en el que la gente tiene que aprender. No se hace ciencia memorizando, sino ejerciendo actividades científicas (alguien decía que la ciencia es un verbo). Las actividades de descubrimiento de su entorno que realiza un niño se parecen a la actividad del científico. Cuando un niño decide subirse a una silla para alcanzar un objeto ha hecho pruebas de ensayo y error, ha calculado distancias y un largo etcétera. Sin embargo, cuando llega a la escuela todo esto desaparece.
Es casi seguro que un taxista no se aprende las calles de su ciudad memorizando sobre un libro, sino recorriendo las calles. O un historiador no se aprende la lista cronológica de reyes de España. Si lo sabe es como consecuencia de haber recorrido innumerables veces la historia de España como hace nuestro taxista con las calles de su ciudad. Si hay que memorizar, lo que no está nada mal, hágase en el contexto preciso: una representación teatral, el canto de un texto, el recitado de un poema, la tabla de multiplicar.
A diferencia de lo que suele ser habitual en sociología de la educación -área en la que se inscriben este libro y su autor- espero que los lectores encuentren aquí una reflexión que incite al optimismo sobre las enormes potencialidades de mejora del sistema educativo que ofrece la Ley Orgánica de Ordenación del Sistema Educativo (LOGSE).
El primer reto, apasionante y difícil, es el de la escolarización más o menos homogénea de toda la población de entre seis y dieciséis años. Nuestro modelo de reforma, al igual que de la mayoría de nuestros países vecinos, opta por desterrar la idea de que a los catorce años hay que separar a los Abuenos@ de los Amalos@ alumnos, condenando a estos últimos a la vía muerta de la antigua formación profesional o el abandono escolar temprano. Escolarizar conjuntamente a todo este grupo de edad es sinónimo de apostar por la idea de educabilidad de todos los seres humanos, por la idea de que los objetivos que la ley marca para la educación obligatoria (como expresarse con corrección, utilizar con sentido crítico distintos contenidos y fuentes de información, desarrollar el espíritu de cooperación y solidaridad, etc.) deben ser alcanzados por todos (salvo, en el peor de los casos, por una ínfima minoría). Como veremos en el texto, este agrupamiento plantea un serio reto para los antiguos profesores de bachillerato, sobre todo para aquellos cuyo espejo profesional está más cerca de la Universidad que de la educación obligatoria y que prefieren bregar con alumnos mínimamente seleccionados. Sin embargo, hay un aspecto que ofrece la ley sobre el que no se incide con demasiada intensidad y es la cuestión de la autonomía profesional. Que los profesores gozan de autonomía una vez que cierran la puerta de su aula es algo más que sabido. Se trata habitualmente de una autonomía anarquizante que convierte cada aula en un mundo singular desgajada de la vida del resto del colegio o instituto. Lo que ahora se plantea es nada más y nada menos que los profesores adapten las prescripciones curriculares emanadas del Estado (el ministerio de educación y/o las consejerías de educación respectivas) a las peculiaridades de su centro, de sus alumnos. Pero pide que se haga de modo colectivo y con transparencia, de modo que cada comunidad educativa conozca de antemano qué valores se pretenden transmitir, qué metodología didáctica se va a utilizar. En definitiva, se trata de una llamada en favor del trabajo en equipo, de la promoción del diálogo entre los profesores (tanto los del centro como los de distintos centros, especialmente los de una zona). Soy consciente de que muchos profesores consideran que todo esto no es más que música celestial; que las rutinas escolares (lo que los sociólogos llamanos estructuras sociales); que la condición funcionarial de los profesores de la pública o la coerción empresarial en la privada, el control de la inspección, la obsesión por las calificaciones de los padres, se imponen como una losa sobre la voluntad de quienes desean un sistema educativo más sensato. Sin embargo conviene no perder de vista que la historia de la humanidad, especialmente la historia de su progreso, es una continua y enriquecedora lucha contra estos obstáculos que a veces parecen invencibles. Un pesimista declarado como Max Weber hablaba de aquellas cosas que se hicieron porqué no se sabía que fueran imposibles.
Este libro se estructura en ocho capítulos. El primero es una introducción a la problemática general de la escasa eficacia de la escuela. El segundo presenta que cambios habría que introducir en los conocimientos que la escuela pretende transmitir y el modo de hacerlo. El tercero es una reflexión sobre la vida en las aulas y el tipo de reacciones que a los alumnos les provoca la experiencia escolar. El cuarto analiza el profesorado, a lo cual se añade un pequeño trabajo de campo sobre actitudes del profesorado de medias ante la reforma. El quinto capítulo -más político- es una reflexión sobre los tres tipos de escuela en función de su titularidad y fuentes de financiación que existen (pública, concertada y privada) y qué virtudes ofrecen para el cambio educativo. El sexto capítulo es una incitación para que las escuelas se abran a su entorno y sea posible la implicación de la ciudadanía -no solo los padres/madres- en el hecho educativo. El séptimo ofrece una panorámica de eso que se ha dado en llamar nueva pedagogía -a veces, pedagogía radical-. Finalmente el octavo capítulo expone con cierto detalles dos de las experiencias educativas más innovadoras: las escuelas del nuevo siglo y las escuelas aceleradas.
No desearía acabar este prólogo sin expresar mis agradecimientos a personas y organizaciones diversas. Este libro tiene en parte su o rigen en mi curso de doctorado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid titulado )Qué educación para el siglo XXI? Los debates con mis estudiantes de este curso han sido una clara fuente de inspiración. Mi pertenencia al Movimiento por la Calidad de la Educación en el Sur y Este de Madrid y, recientemente, a la Junta Directiva de la Federación de Padres AGiner de los Ríos@ me ha permitido conocer directamente buena parte de los problemas más acuciantes de nuestro sistema educativo. En especial querría mencionar a mi amigo del Movimiento Pedro Casas por su incansable labor en pro de una educación más digna para todos nuestros jóvenes.
